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Camins de l´Alcora
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Por Vicent Albaro
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Caminos de peregrinos

25/04/2012
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Cuando observamos desde la cumbre del Peñagolosa hacia el mar, aparece un pétreo y encrespado oleaje de montañas y colinas, con una sucesión de interminables barrancos cual más profundo y angosto. Mirando ese sobrecogedor paisaje, uno llega a la conclusión que en el reparto de tierras de conquista del siglo XIII, el rey Jaime I o le tenía manía a Pedro Ximeno de Urrea, o no se imaginaba el aragonés tal pedrera por premio como derecho de conquista, a lo que se denomina Tenencia o Señorío de Alcalatén. Quizás por esta causa, y en gracia a sus incontables favores guerreros, le concedería más tarde el Señorío de Sollana, que eso si que es un vergel, con el verde de sus campos similar al cabello de una lozana sultana mora, y no las punzantes aliagas o los ásperos coscojales alcalatenenses.

  

Así que con este paisaje tan bello como inhóspito, no es de extrañar que el carácter de sus gentes fuera producto del medio por el que transitaban sus vidas. Había que domesticar aquel entorno agreste para hacerlo humano y habitable, pero en ese titánico empeño, ese hombre quedaría sellado secularmente con las marcas inevitables de su duro trabajo. Las manos encallecidas, la piel cetrina, canas y arrugas en plena juventud y para la vejez, la maldición de una espalda encorvada por tantos golpes de azada en imposibles bancales de secano. Su mujer, bálsamo de ternura por esos contornos, conservaría la piel blanca gracias a las ropas negras de duelos interminables, que como una segunda piel, llevaría hasta el sepulcro desde su más temprana juventud.

Hombres y bestias han sobrevivido por estos pagos hasta hace bien poco. Cuando el progreso y el reclamo cómodo de la ciudad tocaron arrebato, cuando la mayoría salió pitando para lograr una vida más holgada y menos trabajada. Las promesas de un futuro mejor arrancaron hace décadas a la figura humana de este paisaje de interior, dejando sus pueblos y masías abandonadas. Había fallecido una forma de entender la vida. Quedaban en el paisaje las huellas de ese trajinar, y en los corazones el recuerdo de veneración de aquellos antepasados que se aclamaban a la divinidad, como último recurso al rosario de calamidades personales y colectivas que sufrían. A cada mal se busca remedio. Estos hombres duros y adustos, se encomendaban al Dios Trino y Uno de sus mayores, en promesa de realizar un esfuerzo aún mayor, al ya cotidiano.

Por ello no es de extrañar que por estas tierras y colindantes, -con paisajes y anhelos similares- , sus caminos se llenaran de rogativas cada primavera con plegarias de lluvia para sazón de los campos. En más de una ocasión le he explicado a mis hijos, que en aquellos tiempos no había supermercados ni humildes ultramarinos. Quien cosechaba trigo y lo llevaba al molino, tenía harina y pan. Si no llovía no había trigo, ni harina, ni pan. Y sin pan… hambre, enfermedad y muerte. Así de simple. Y así de cruel. Por ello no es ninguna broma la exteriorización de las peregrinaciones, las pocas que quedan después de mil decretos en contra, desamortizaciones, etc…Pues son un espejo de lo que fuimos. Y como cruel paradoja, de lo que podemos llegar a ser si esta peste de la crisis no cesa.

Los de Ludiente peregrinaban a San Juan de Peñagolosa en una ceremonia ya desaparecida y muy similar a como lo hacen actualmente los de Useras. También llegan en rogativa de Culla, Puertomingalvo, Chodos o Vistabella a las faldas del Peñagolosa. De Catí a Sant Pere de Castellfort. De Lucena bajaban siglos atrás al Salvador de Alcalatén. Los de Alcora y otros pueblos de la comarca a Santa María de Lledó. En Alcora peregrinan actualmente, por las ermitas en un renovado acto de fe, en peticiones particulares y comunitarias. Y un largo etcétera.

Será unas veces por tradición, herencia racial o renovada angustia y necesidad ante los avatares de un destino incierto. Pero lo cierto es que peregrinar, que no andar, por sendas y caminos, sigue estando de rabiosa actualidad. Que aunque los cambios tecnológicos y el sistema de vida humana, han variado ostensiblemente, la necesidad espiritual sigue siendo la misma o más, porque el ser humano se siente indefenso ante vicisitudes que le sobrepasan y desbordan. En esa debilidad no hemos cambiado tanto. Podrán hacerse sesudos tratados de antropología, buscando explicaciones racionales más o menos sociológicas y científicas. Pero el ser humano, necesita el contacto con lo sobrenatural como el aire que respira, algunas veces sin darse cuenta de ese diálogo con el ser religioso que llevamos dentro, en la lucha titánica entre fe y razón.

Quienes les acompañan en la ruta, o contemplan como espectadores el caminar de estas personas, -arrancadas de un libro de historia-, suelen conmoverse del sacrifico que supone tamaña hazaña. No es menos que quienes en su origen, buscaron remedio a sus males y la intervención milagrosa del cielo, y no les dolieron prendas en esa búsqueda casi agónica, de congratularse con la divinidad. A su paso por aquellos parajes ásperos y solitarios, los masoveros o los pastores, les hacían alfombras de romero y tomillo para perfumar y acolchar sus pies hinchados por rudas abarcas o en su cruda desnudez, en una inusitada muestra de ternura. O se arrodillaban con los brazos en cruz, en comunión con sus plegarias y afanes. Ellos, los viajeros, en algunos casos tenidos por hombres santos, les daban un trozo de pan bendito como el mayor tesoro.

Caminos y peregrinos juntos, un año más por este paisaje tan sugerente como amargo. Qué Dios atienda sus súplicas que son las mismas que las nuestras: Salud, paz y lluvia del cielo que quiere decir pan, que quiere decir trabajo y salir todos para adelante. Yo no puedo evitarlo, y cuando los miro pasar me descubro o hago una suave reverencia, emulando a aquellos viejos masoveros, sabedor que en sus rezos e imprecaciones, también piden por mi, por ti y por todos.

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