El rock en el Festival Internacional de Benicàssim, FIB, siempre se ha recibido con los brazos abiertos, pero quizás ha sido porqué durante muchos años el festival era básicamente pop. Cuando un grupo guitarrero saltaba al escenario el público le seguía ciegamente. Era la ventaja de ser un pelín diferente.
Kings of Leon no lo tenía tan fácil en esta edición para destacar. El Escenario Verde estaba plagado de riffs guitarreros a cuál más potente y virtuoso. Salieron a tocar a las diez y veinte minutos después de que el público acabará extasiado con el show cómico-punk de The Hives. Sin embargo, tenían tres caminos para hechizar de nuevo al respetable. La del rock sureño más clásico y espontáneo de su primer disco, aquel que les llevó a la fama (Youth and Young Manhood), la de su incomprendido rock intimista de su segundo trabajo (A ha Shake Heartbreak) o la de la tercera, y sorprendente, evolución del grupo: Because of the times.
Obviamente, la selección se decantó por la última entrega (para eso presentaban reciente disco), pero estos hijos y sobrino de un predicador (Leon) de la norteamérica sureña y profunda que descubrieron ya mayorcitos el rock & roll y decidieron de la noche a la mañana montar una banda, no aparecieron con su look setentero. Hace tiempo que su estética mutó al fashion-rock abierto por The Strokes desde la dejadez y la suciedad originaria. Da igual, mientras hagan canciones como las del último disco y las sepan tocar tan bien encima de un escenario que se disfracen como les apetezca.
El incendiario corte Charmer seguido de la pixiniana y pre-grunge McFearless, que al mismo tiempo fue relevada por Kocked up, canción de más de seis minutos que abre el disco y que marca un tempo hipnótico, un ritmo repetitivo que se mete en la cabeza y que la voz rasgada de Followill hace pensar que estamos ante algún tipo de eslabón perdido de rock ochentero, fue el tridente mágico y poderoso de todo el concierto.
A parte, hubo hueco para el rock rápido y fresco con el que comenzaron su andadura hace cinco años: King of the rodeo, por ejemplo. Y apenas para su segundo y algo ovidado disco.
Sonaron bien y dejaron descolocado a áquel que esperará un concierto igual que el que se marcaron hace dos ediciones en la carpa. Esto es otra cosa. Igual que la gente no termina de encasillarlos tras la salida de un nuevo disco, el concierto del domingo puede gustar tanto cómo defraudar. Pasa lo mismo con la escucha del último trabajo. Necesita tiempo, pero una vez llegado a su centro, escucharlo en directo, cómo pudo hacerse el en el FIB’2007 es acercarse un poquito más a la variedad de matices que forman el rock.
Es la diferencia de escuchar baladas como True love way con la boca abierta o pensar que se está ante un coñazo de concierto. Algunos pensarán que no dieron caña y que se les ha ído la rabia juvenil que les explotaba de dentro, cuando, realmente, el camino que llevan es tan poco convencional como sugerente. Sí, canciones más largas, repetitivas, pero más madurez, creatividad y mala leche.
La noche del 22 de julio el Escenario Verde tuvo en Kings of Leon el eslabón perdido entre el punk-rock de The Hives, la psicodélia de Black Rebel Motorcycle Club y la épica sobresaturada de Muse.