Hace ya algunos años que no iba al FIB y este año opté por ir de voluntaria. Me llamó la atención la masificación de las instalaciones. Por ejemplo, en el camping Bonet en el que trabajé, las tiendas de campaña casi estaban superpuestas. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue la gran afluencia de público extranjero. Y es que parece ser que el FIB se ha centrado en este tipo de mercado: los precios, el cartel, el ambiente... todo respiraba un aire muy British. Por eso, en una edición en la que para pedir una cerveza casi tenías que saber decir “Can I have a beer?” se agradeció un concierto como el de Kiko Veneno.
El público nacional tarareó las canciones, bailoteó sin parar y palmeó en más de una ocasión. En definitiva, el público disfrutó. Un Kiko Veneno algo extrañado, si cabe, de la aceptación y de la entrega de ese tipo de público. Pero necesitábamos algo así. Un chico extranjero se puso a bailotear a nuestro lado y le comenté que debía ser de los pocos extranjeros en ese concierto. El chico, que al principio me pareció inglés -gracias al inconfundible sombrero a lo Pete Doherty que se ha llevado en el festival- resultó ser italiano. Se interesó por saber quién era Kiko Veneno, de qué iban sus canciones y de la reacción y la entrega del público, a la que se unió como uno más.
Al cabo de poco menos de una hora, el concierto llegó a su fin, pero un público con ganas de más empezó a gritar “Kiko”, “otra”, y entonces llegó el esperado bis. Con la famosa Volando Voy finalizó el espectáculo, uno de los conciertos con más sabor nacional de todo el festival.