Era uno de los nombres importantes del cartel del Festibal Internacional de Benicàssim, FIB, de 2007, pero estaba un poco de tapadillo. Que su colega Rufus Wainwright le antecediese en el escenario FiberFib.com no le ayudó mucho. Antony y su banda, los Johnsons, salieron al escenario con retraso (20:10 horas) y el gigante de la voz inenarrable parecía estar nervioso por tener que ser el último alumno en salir a la pizarra a recitar su lección. Su compañero de asignatura musical había salido ovacionado de las tablas y se encontraba tranquilo en el backstage contento de haber cumplido con sus deberes. La continuidad horaria en el cartel hacía prever que los dos divos cantarán What can I do? en algún momento de cualquiera de los dos directos. No fue así, pero Antony se las arregló para superarse a sí mismo.
Salió con una inseguridad palpable por el público. El sudor de sus manos y la sequedad de su garganta se transmitían en sus tics nerviosos y en su acongojada voz. Era un niño frágil ante una carpa repleta de miles de personas que le observaban detalladamente. El segundo tema, For today I am a boy, resultó ser un rápido punto de inflexión que rescató parte de su voz privilegiada. Ya estaba más amoldado a los Johnsons, los cuales lo tenían más fácil. Estaban sentados juntos y todos de blanco. Antony solo, de pie y de negro. Por eso, ya en la cuarta canción para calmarse del todo se escondió tras el piano y se soltó totalmente con Hope there’s someone. Ya estaba más que aprobado, ahora sólo tenía que continuar para subir nota.
Con la tranquilidad que esto da, cogía el micrófono, se movía, se reía ante los aplausos del público, introducía las canciones: “La siguiente canción es muy especial para mí, la empecé a escribir en el 92 cuando era todavía un niño” dijo al presentar Deeper than love, y cantaba sobre su corazón roto, sobre buscar la luminosidad en la oscuridad, sobre saborear sus propias lágrimas. Era melancólico pero sin resultar triste, ya que el niño frágil parecía contento, se encontraba cómodo y quería incluso hacer bailar al público. Con That’s All respondió a la pieza cabaretera con la que Rufus Wainwright finalizó su directo, y sin disfraz. Bastaba con la voz.
La versión de un hit del que se encaprichó “al escucharlo por la radio” fue la sorpresa de la noche. Se trató del Crazy in love de Beyoncé. Elegante, travieso y cómplice con el público, con luces brillantes en su mirada y media sonrisa en el rostro, se sentía a gusto en el escenario. El resto le había comprendido, había escuchado su autobiografía, sus intimidades y le respetaban, le ovacionaban y Antony devolvió el favor con gratitud.
Los últimos cinco minutos fueron el instante preciso en el que Antony hallaba su apogeo. Todo el directo había sido un obstáculo que eliminar. De menos a más consiguió volar a través de una bellísima balada como Fistfull of love. Todo el público se creyó que estaba ante un verdadero pájaro, cómo él ha intentado definirse en su disco I’m a bird now. Silencio sepulcral entre los asistentes, instante congelado lleno de matices poéticos, emoción y alegría por vivir. El amor puede con todo y el tiempo cura cualquier adversidad. Eso esperaba el respetable ante los escasos cincuenta minutos de concierto: este hombre tiene que volver en FIB venideros a ofrecer más.
El viernes del FIB se abría a lo grande. Bonito hasta decir basta.