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Edición Burriana > Piedras vivas



10/05/2008
Mañana es Pentecostés
 
“Estaban de paso en Jerusalén judíos piadosos, llegados de todas las naciones que hay bajo el cielo. Y entre el gentío que acudió al oír aquel ruido, cada uno los oía hablar en su propia lengua” (Lc 2:5-6)

Con estas palabras, el evangelista Lucas recoge, en sus Hechos de los Apóstoles, la sorpresa que produjo a los que, entonces, estaban en Jerusalén para celebrar las fiestas pascuales, el estruendo que habían oído donde estaban reunidos los discípulos de Jesús y que, al fin y al cabo, había supuesto la venida, sobre ellos, en forma de lenguas de fuego, del Espíritu Santo.

Y ahora, cuando tanto tiempo después volvemos a celebrar esos cincuentas días que han transcurrido desde que Jesucristo volvió entre aquellos otros nosotros después de haber sido martirizado en bien de la humanidad toda, es cuando traemos a nuestra memoria aquel Pentecostés y nos preparamos para celebrar el nuestro quizá un poco sorprendidos como aquellos visitantes de la ciudad Santa.

Jesús ya había prometido algo muy importante a sus discípulos: "Si me voy,... vendrá a vosotros el Paráclito" (Jn 16:7)

A este respecto, Juan Pablo II Magno, en la Catequesis de 12 de julio de 1989 sobre referida a Pentecostés como Teofanía nos dejó dicho que “Esta ‘partida’ pascual de Cristo, que se realiza mediante la cruz, la resurrección y la ascensión, halla su ‘coronamiento’ en Pentecostés, es decir, en la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, ‘que perseveraban en la oración’ en el Cenáculo ‘en compañía de la Madre de Jesús’, del grupo de personas que formaban el núcleo de la Iglesia originaria”

Y quedó hecho aquel día de Pentecostés que, al igual que mañana domingo, se produjo el envío general de los discípulos de Cristo pues en aquel mismo momento “Los que acogieron la palabra de Pedro se bautizaron, y aquel día se unieron a ellos unas tres mil personas” (Lc 2:41)

Entonces... mañana también es Pentecostés. Tal realidad espiritual ha de tener alguna consecuencia en nosotros, los que nos consideramos hijos de Dios pues no puede quedarse en una fecha que, marcada en el calendario litúrgico, se olvida en cuanto pasa la siguiente hoja del calendario humano.

¿Qué debe ser, por tanto, Pentecostés para nosotros?

Nace, por ejemplo, en aquel momento la Iglesia en cuanto tal, encargada, por Jesucristo, de transmitir la Palabra de Dios a todo el mundo conocido entonces. Por lo tanto, también es obligación nuestra hacer lo mismo pues muchos son los que no la conocen o si lo hacen no la tienen como eje de sus vidas pues es comprensible que el mundo y la mundanidad nos atraen muchas más veces de las que sería conveniente para nuestra fe y para la difusión que de ella hemos de realizar. Es, así, una obligación grave hacer tal cosa.

Pero, además, al igual que hicieran los Apóstoles y todos los que, con ellos, estaban reunidos, también hemos de invocar la llegada del Espíritu Santo que, aunque está siempre con nosotros, hemos de manifestar una voluntad explícita de que nos ilumine con sus inspiraciones porque Dios no obliga a nadie a seguir (ni a él ni al Espíritu Santo) No hemos, por lo tanto, de abandonar nuestra oración que, como petición de venida del Paráclito, sirva para dar a entender que, efectivamente, queremos que se haga presente en nuestras vidas.

Estamos, por cierto, con el profeta Ezequiel cuando dice “Os daré un corazón nuevo, os infundiré un espíritu nuevo: arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi Espíritu Y haré que caminéis según mis preceptos, que pongáis por obra mis mandamientos. Habitaréis en la tierra que di a vuestros padres; vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios” (Ez 36:26-29)

Tal es así que con nuestro nuevo Pentecostés ha de suponer, para nosotros, un verdadero cambio de corazón. Si muchas veces tenemos ese músculo duro como piedra y no somos capaces de perdonar las ofensas que nos infieren o, simplemente, nos mostramos inmisericordes ante lo que otros pueden hacernos... entonces hemos de dejar que aquel se llene del Espíritu Santo que, con el fuego del Amor de Dios limpiará de pecado nuestra vida y nos transformará en que es de carne, como quiere Dios.

Tenemos, pues, tres realidades espirituales que nos han de llenar en Pentecostés: la transmisión de la Palabra de Dios, la perseverancia en la oración por otra parte y, por último, la verdadera transformación que se ha producir en nosotros.

Así, Pentecostés es el primer paso para la transformación del mundo que entonces se dio por parte de aquellos primeros nosotros que, escuchando a Jesucristo y viendo que era cierto lo que había dicho sobre el Espíritu Santo, confiaron en Él y salieron, con lo poco que tenían, como misioneros a transmitir lo que les había dicho y lo que muchos de aquellos le habían visto hacer.

Por tanto, la tierra, el mundo que habitamos en peregrinación hacia el definitivo Reino de Dios espera ser transformado, venido a ser mejor, más divino (no tan humano) y está en nuestras manos de cristianos, de católicos, de hijos de Dios, hacer tal cosa.

Es el nuevo envío a cada uno de nosotros…hagámoslo posible.

 

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