Según cuenta la revista 21RS a los laicos que llaman “comprometidos” de las parroquias les gustaría que, en realidad, la Iglesia fuera de otra forma. Al parecer, les gustaría que fuera más pobre (¿?) y más dialogante (otro ¿?)
Y es que, en verdad, lo que pasa es que, a lo mejor, no han entendido ni lo quiere decir ser pobre ni tampoco lo que significar dialogar.
Sabemos que las bienaventuranzas (tanto las recogidas por el evangelista Mateo, en 5:3-12 como las recogidas por el evangelista Lucas, en Lc 6:20-23) expresan el término pobreza, la calificación de pobre. Pero es muy posible que el sentido de tal estado del ser humano no es, como muchos piensan, como a ellos les gustaría que fuese.
Y es que, en realidad, mientras Mateo habla de “espíritu de pobre”, Lucas refiere, más bien, a simplemente “pobre”. Una misma cosa, sin embargo, han de querer decir.
La pobreza de espíritu, concepto que puede llevar a confusión si sólo miramos las palabras de que se compone, supone humildad. Humildad que conduce la existencia, proceder de entrega, espíritu donador, santo. El humilde se ha de tener por el último de sus semejantes, se descubre imposibilitado de recibir el Reino de los Cielos pues le está vedado por una praxis religiosa que no les comprende ni acoge. Por eso aspira, en su actuación contraria a toda soberbia y orgullo, a conseguir, el sometimiento de la vanidad y de ese orgullo, alcanzar el camino hacia la eternidad.
Esa felicidad que han de sentir los pobres de espíritu, esa felicidad requerida para serlo, supone un agradecimiento de Dios hacia sus hijos que, con su devenir sumiso, apretado, de libertad humana escasa por haberse entregado a quien lo necesita, de corazón grande ante la disyuntiva que se le presenta: servir al prójimo o servirse de aquel o a sí mismo en exclusividad. Esa elección que provee el alma santa, que acapara para sí las riquezas que Dios ofrece a quien quiera escuchar y ver, proporciona un Reino Eterno en esta vida, sin siquiera esperar a la vida nueva que encontrará tras cruzar el umbral de la puerta que lleva al Padre, Aquí, ahora, en este su vivir, el humilde de espíritu, pobre de espíritu ante el otro o pobre por el espíritu que mora en él, ya tiene el Reino de los cielos, la felicidad divina que proporciona Dios a quien no convoca, para sí, el acaparamiento y riqueza material, a quien manifiesta esa pobreza al no querer, o desear, la acumulación de materialidad, a quien considera que el amor y la fe constituyen un edificio que, al construir, sostiene la existencia propia de cada uno; al sentir, para sí, un Bien perfecto en la poquedad de su persona y vehicular, hacia la eternidad soñada, su mísero yo.
Aunque toda la riqueza material no pueda ser negativa, sí lo es la mala utilización de la misma, el ansia de conseguir, la falta de contemplación del hermano que te necesita. Este es el sentido que entendemos tiene esta expresión que no desprecia la riqueza por el hecho de serlo sino, más bien, por cómo se hace uso de ella.
Pero podemos preguntarnos si la pobreza tiene un solo sentido o, por el contrario, es un concepto que contempla en diversas formas su significado. Si también tiene aplicación fuera de ese sentido de la que lo es espiritual.
La pobreza tiene un sentido de “desprendimiento” cuando quien lleva a cabo determinada obra lo hace no por ostentación sino mermando sus propias posibilidades de subsistencia.
El caso de la viuda (que recoge Lc 21:4) es harto conocido por todos los lectores: dando, incluso, lo que no tiene. Claro que no se refiere a que la viuda diera lo que no tenía ya que, si hubiera sido así no lo habría dado; lo que entendemos es que “dio todo lo que tenía para vivir” (Catecismo de la Iglesia Católica 2544)
La pobreza de espíritu es, también, “ámbito de oración”. Con esto queremos decir que la humildad nos permite abajarnos ante la misericordia de Dios, que perdona al que es humilde de corazón, ya que “el corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro en la pobreza y en la fe” (Catecismo de la Iglesia Católica 2710) Entiéndase la necesidad de humildad para invocar, ante Dios, su ayuda y la mediación de su Santa Madre, o la intervención de los santos que nos precedieron. Sin humildad, francamente sentida y no hipócrita, ha de resultar, por fuerza, muy difícil plantear, a quien todo lo puede, un ruego, una plegaria, una petición; mediante un comportamiento humilde podemos mostrar el agradecimiento debido por alguna merced que hayamos obtenido. Humildad y oración por pueden, pues, disociarse.
Pero, al fin y al cabo, el sentido esencial, básico, constitutivo, del concepto de pobreza arraiga en el poso que nos deja la Palabra de Dios al ser oída o leída. Supone una invitación a “comunicar y compartir bienes materiales y espirituales” (Catecismo de la Iglesia Católica 2833) pero “no por la fuerza sino por amor para que la abundancia de unos remedie la necesidad de otros”. Como compensación ante tal actuación, ante tal vertiente humana de la pobreza de espíritu, considera como sostén de nuestro proceder, es justo –porque la justicia sólo emana de Dios y llega desde Dios que la riqueza de su Espíritu sople sobre nosotros, dándonos el Reino, aquí, de los Cielos, como antesala y ejemplo de la Paz eterna.
Y sobre esto, nada que decir habría si, por ejemplo, analizáramos los sueldos que perciben sacerdotes y obispos. No parece que sean, por ejemplo, nada ostentosos ni que, siquiera, se pueda decir que son mínimamente dignos. Por esta parte, la Iglesia es bastante pobre. Pero lo es en el sentido puramente material.
Pero volviendo a lo dicho arriba sobre la encuesta presentada por la revista 21RS, se dice en ella que “El estudio ofrece un nítido retrato robot de del laico comprometido: fiel a su labor, con conciencia crítica, dispuesto a cambios sensibles como el celibato opcional y que quiere una Iglesia cercana a los más necesitados y abierta al diálogo”
Lo que esto quiere decir es que se prefiere una Iglesia que, en realidad, no esté comprometida con sus principios y lo esté con el cambio de los tiempos. Que sea dialogante quiere decir, sin duda, que se deje influenciar por el siglo; que, por ejemplo, admita, en general, un celibato opcional; que, por ejemplo, esté a favor del aborto cuando convenga; que, por ejemplo, tenga de la pobreza el sentido alicorto que estas opciones pretenden manipulando la realidad espiritual de la Esposa de Cristo (teoría de la liberación y todo eso que ya conocemos)
Vamos, que lo que quieren es otra Iglesia… más muelle, más adaptable. O sea, que no sea la Iglesia que fundó Cristo sino la que convenga al devenir de los tiempos.
Volver al estado inicial de los primeros cristianos está bien… pero lo está en el sentido de compartir y de ayudar. Si no se tiene nada no se puede compartir ni ayudar en nada.