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Edición Burriana > Piedras vivas



30/04/2008
Los cristianos y el mundo
 

En el Discurso que Benedicto XVI dirigió al 56 Congreso Nacional de la Unión de Juristas Católicos italianos (el 9 de diciembre de 2006) dijo, refiriéndose al papel que lo religioso ha de jugar en la sociedad actual, que “Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública”

Porque, efectivamente, no cabe entender posible que se trate de apartar a los cristianos, a los católicos, de una vida pública en la que estamos inmersos como unas personas más dentro del ámbito social.

Ya recogió Juan Pablo II Magno, en su Exhortación Apostólica Post-Sinodal Christifideles Laici (CL desde ahora) referida, precisamente, a la “vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, lo que, en realidad, es el origen de nuestra contribución a la vida común. Así en el punto 2 dice que “El llamamiento del Señor Jesús ‘Id también vosotros a mi viña’ no cesa de resonar en el curso de la historia desde aquel lejano día: se dirige a cada hombre que viene a este mundo”
Y nosotros, los que somos herederos de la Fe que fundamentó Jesucristo a lo largo de su vida pública, estamos en la obligación de  hacer visibles nuestras creencias y de conformar, con ellas, una sociedad abierta al amor y a la misericordia de Dios.

Sabemos, por otra parte, que la realidad no es como lo fuera en tiempos de Jesucristo. Sin embargo, las circunstancias, digamos, espirituales, no parecen haber cambiado nada de nada.

Así, sobre lo dicho arriba no es menos cierto que “Nuevas situaciones, tanto eclesiales como sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A nadie le es lícito permanecer ocioso.” (CL 3)
De aquí deriva, exactamente, la necesidad de establecer un compromiso claro entre el cristiano y el mundo. Lejos de estar alejados de él (luego diremos lo que entiende el Santo Padre sobre esto) hemos de sentirnos concernidos por lo que sucede en el mundo que vivimos ya que, aunque peregrinemos hacia el definitivo Reino de Dios estamos en aquel y eso nos obliga, obligación grave, a no dejarnos vencer por la molicie o la mundanidad.

¿Cómo hacer que nuestro papel de cristianos, de católicos, sea tenido en cuenta o, al menos, no lo hagamos de menos?

Hay una serie de expresiones que, indicadas por Jesucristo a lo largo de sus parábolas y su predicación, muestran, bien a las claras, qué es lo que podemos sentirnos y, sobre todo, hacia dónde podemos encaminar nuestros pasos.
También lo recoge esto la Exhortación Apostólica citada arriba: “Las imágenes evangélicas de la sal, de la luz y de la levadura, aunque se refieren indistintamente a todos los discípulos de Jesús, tienen también una aplicación específica a los fieles laicos. Se trata de imágenes espléndidamente significativas, porque no sólo expresan la plena participación y la profunda inserción de los fieles laicos en la tierra, en el mundo, en la comunidad humana; sino que también, y sobre todo, expresan la novedad y la originalidad de esta inserción y de esta participación, destinadas como están a la difusión del Evangelio que salva” (CL 15)

Hay, por lo tanto, que ser sal para dar sabor evangélico a nuestras vidas y a las vidas del prójimo; ser luz para iluminar el camino de aquellas personas que se sientan perdidas en el mundo y no encuentran salida a sus, a lo mejor, apartadas vidas de Dios; ser levadura para que la Fe pueda crecer y ensanchar los corazones (ya de carne y no de piedra) tanto de los que creen como, sobre todo, de los que no creen pero pueden ser capaces de acoger la Palabra de Dios y obtener fruto del paso de sus sílabas por sus vidas.

Y, sin embargo, a pesar de que es muy posible que sepamos, por una parte, qué hemos de hacer y, por otra parte, tengamos el sentido exacto de nuestra obligación, no vemos facilitada nuestra labor de cristianos porque las estructuras políticas del mundo, del siglo, no son, digamos, demasiado abiertas para con nosotros.
A esto se ha tenido que referir Benedicto XVI cuando, en su viaje reciente (del 15 al 20 de abril pasados) a Estados Unidos de América se dirigió a la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Tras hacer mención expresa del recordatorio que se hace, en este año 2008, de aniversario (60) de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, no ha podido, ¡qué menos!, sino recordar, en aquella sede del entendimiento universal, que hay más de un derecho humano que, por lo general, se respeta poco y, lo que es peor, se tiene la tendencia a respetar menos.
Ante lo que, en general, puede considerarse como la proliferación del respeto a la “libertad de profesar o elegir una religión” no es entendible, “Es inconcebible, por tanto, que los creyentes tengan que suprimir una parte de sí mismos –su fe– para ser ciudadanos activos. Nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos.”

Y esto en el sentido, equivocado, de querer que los aspectos religiosos de la vida de los individuos queden confinados en el ámbito privado o, como mucho, en la sacristía que, como sabemos, al ser un lugar cerrado no puede influir en el devenir del mundo.

Por eso, los cristianos que vivimos en el mundo y que nos consideramos legitimados para intervenir en su devenir, no podemos permitir, sin más ni más, que sea violado nuestro derecho a profesar nuestra religión de forma tal que la doctrina que contiene sea llevada a la práctica por los que nos consideramos (y lo somos; ya lo dijo san Juan el versículo 1 del capítulo 3 de su Primera epístola) hijos de Dios.

De esa forma estaremos en disposición de sentirnos, verdaderamente, lo que somos. De otra forma, no.

 

 

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