El Cardenal Arzobispo de Valencia, don Agustín García Gasco ha recogido, en su Carta Semanal (la que corresponde al domingo 27 de abril) un tema que es de vital importancia para la vida de la Iglesia y, sobre todo, para la misma existencia de la Fe católica.
Educar, como sabemos, es algo que, a lo largo de la historia de la humanidad, ha ido formando generaciones de personas que han sabido enfrentarse a la realidad de su mundo con el bagaje de lo aprendido.
La causa del tema de la Carta de esta semana, la última con domingo de abril, está relacionada con el I Congreso Internacional relativo a la 'Educación Católica para el siglo XXI' se va a celebrar en la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” desde el lunes 28 de abril hasta el próximo día 30 del presente mes.
Y es que el tema es lo suficientemente importante como para dedicar un Congreso y muchas más horas de esfuerzo y trabajo.
Ya se sabe qué es lo que la Iglesia Católica piensa, escribe y difunde sobre la necesidad de la existencia de una educación que tenga raíz cristiana (ver, por ejemplo, el documento 50 preguntas a la enseñanza de la religión católica en la escuela que puede encontrarse, para su consulta, aprendizaje y conocimiento, aquí http://www.conferenciaepiscopal.es/ensenanza/documentos/50Preguntas.pdf )
Bien dice el Cardenal García Gasco que “Es una urgencia redescubrir la importancia y la belleza de la misión educadora que forma parte de la misión que la Iglesia tiene de proclamar la Buena Nueva”
Y es que es obligación grave de todo católico (más si hablamos de la misma jerarquía de la Iglesia) hacer lo posible para que la doctrina de Cristo sea conocida en los ambientes educativos ya que, como es obvio, se trata del ámbito de la humanidad más cargado de futuro.
Por ejemplo, dice el documento citado arriba sobre las 50 preguntas que “Todos somos conscientes de las dificultades por las que pasa la enseñanza de la Religión Católica en la escuela. La desvalorización de esta enseñanza como si fuera un añadido al currículo escolar, la no evaluación del estudio de la religión como demanda su equiparación a cualquier asignatura, la discriminación que sufre al proponerla como opción junto a otras actividades de estudio sin ningún valor académico y el trato discriminatorio a sus profesores, ocasionan continuos problemas a padres, profesores y alumnos a la hora de optar, impartir o recibir esta enseñanza”
Y de eso trata el Cardenal de Valencia en esta Carta Semanal que tanta trascendencia tiene ya que, referida a la educación y a la necesidad de que tenga un matiz claramente cristiano no deja de ser importante.
Así, “Quienes encuentran a Cristo se ven impulsados por la fuerza del Evangelio a llevar una nueva vida, marcada por todo lo que es bello, bueno y verdadero. Se trata de una vida de testimonio cristiano, continuamente alimentada y fortalecida en la comunidad de los discípulos de Nuestro Señor, que es la Iglesia”.
Quizá sea la idea que aquí se refleja lo que más preocupa al laicismo imperante en España. Decir, al fin y al cabo, que se trata de transmitir unos valores que no están, digamos, muy de acuerdo con la extraña ética que se quiere difundir a través, por ejemplo, de Educación para la Ciudadanía, ha de ser un problema grave al que los poderes políticos tienen que enfrentarse.
Pero, no vaya a creerse que se trata de que, exclusivamente, sean las instituciones católicas las que instruyan de una forma y con unos contenidos de acuerdo a la Fe verdadera. Al contrario, ya que son “Los padres y demás familiares” los que “se implican en la educación de sus hijos, fortalecen y refuerzan la labor de los centros”
No cabe, por lo tanto, dejar de lado u olvidarse de la tarea que nos corresponde como padres, primeros educadores de nuestros hijos pero, además, continuadores, a lo largo de muchos años de sus vidas, de una formación cristiana y tendente al respeto del prójimo y a la consideración de la Fe como algo destacado en su existencia.
Asimismo, “La Iglesia ofrece con sus comunidades educativas una sabiduría humana decididamente abierta a la esperanza que no defrauda: la que nace del indefectible Amor de Dios por sus hijos”
Es decir, que se trata de una labor compartida. Pero la forma de compartir la educación no es, ni se trata, de la que se pretende desde el Estado que consiste, en esencia, en adoctrinar en morales propias de un laicismo evidente a nuestros hijos o a los hijos de otros padres. Muy al contrario, la labor de la Iglesia consiste, mejor, en formar espíritus críticos que, aplicando la Buena Noticia (y lo que ella implica) sepan discernir entre lo que, en verdad, es bueno y lo que, en realidad, es malo para sus vidas.
Y para esto, sin duda, “El amor es el mejor impulso para el conocimiento” ya que si Dios es Caridad (como dijo Benedicto XVI en su primera Carta Encíclica) su semejanza, creada por su voluntad, no puede ser otra cosa que no sea amor. Y tal sentimiento ha de tener, como es en el caso de la educación, una raíz clara y sencilla: Dios.
Y todo eso que es “bello bueno y verdadero” se hará realidad.