Siempre es de esperar que, cuando una persona pertenece, en lo profundo (y no en la simple pertenencia) a la Iglesia católica, tiene una especial responsabilidad en que lo que hace, dice y muestra a la sociedad tenga esté tocado, sobre todo, por el aliento de la unidad y de la comunidad cristiana de la que forma parte. Por eso extraña (o no tanto) que don Alejandro Fernández Barrajón, a la sazón Presidente de la Confederación Española de Religiosos (CONFER) haya escrito lo que ha escrito en la revista Vida Nueva. El artículo publicado en tal medio de comunicación (y que puede leerse en www.vidanueva.es) se titula “¿Un nuevo integrismo? y muestra, de una forma meridianamente clara que, en algunas ocasiones, no se pueden decir más cosas en tan pocos párrafos y que esas cosas no son nada acertadas. Y son, sólo, seis, los párrafos. Lo que más destaca de este artículo es la referencia que hace, precisamente, a los laicos. Y lo hace de una forma que, junto a lo que dice sobre que “He llegado el tiempo de apostar por una renovación profunda de nuestro estilo, nuestro lenguaje, nuestros iconos y nuestras formas” da la impresión, triste, de que establece, dentro de la Iglesia una división que, más allá de la lógica separación entre el estado consagrado y religioso y el laico, podía suponer una realidad que, en verdad, no existe. Con esto lo que se quiere decir es que el Sr. Barrajón entiende la Iglesia como constituida por dos mundos separados cuando, al contrario, las piedras vivas que le damos forma y la construimos somos una “comunidad” que no es, no se piense otra cosa, sino lo que Jesucristo quería cuando dijo aquello de “para que sean uno” (Jn 17, 21) Y por esto, para no estar dispersos (ni siquiera dentro de la Esposa de Cristo) dice Juan Pablo II Magno, en su Exhortación Apostólica Post-Sinodal Christifideles Laici que “El llamamiento del Señor Jesús ‘Id también vosotros a mi viña’ no cesa de resonar en el curso de la historia desde aquel lejano día: se dirige a cada hombre que viene a este mundo (CL 2) Por tanto, no cabe obra cosa que no sea una llamada general a la participación de la persona que, no perteneciendo al sacerdocio y a la vida consagrada en una congregación religiosa se sienta llamada a llevar a cabo una vida según la doctrina de Cristo y, por eso, demanda una participación en la Iglesia que no es conveniente que se olvide. Eso lo sabe cualquiera que no quiera ser o parecer ciego ante la realidad que se aprecia en la vida de la Iglesia. Sin embargo, no parecen gustar, al Sr. Barrajón, los movimientos que, en los últimos decenios (muchos de ellos aparecieron, efectivamente, antes del Concilio Vaticano II y son, claro preconciliares. Pero más preconciliar es la Iglesia misma que fue fundada hace muchos más siglos, antes de cualquier Concilio, y no por eso puede ser descalificada porque se descalificaría a sí mismo el mismo Presidente de CONFER) han aparecido. Lo que, en realidad, no debe gustar al Sr. Barrajón es que los movimientos formados por laicos estén de acuerdo con el Magisterio de la Iglesia y, por eso mismo, manifiesten una adhesión a lo que desde, por ejemplo, la Conferencia Episcopal Española, se pueda decir en cada momento de la vida de la Iglesia. Por eso, en el Ángelus del 21 de octubre de 2007, El Papa exhortó a que “no falte nuestro apoyo espiritual y material a cuantos operan en las fronteras de la misión: sacerdotes, religiosas, religiosas y laicos, que van adelante encontrándose con graves dificultades, hasta persecuciones”. Es decir, no separó nada ni consideró que unos y otros tengan que ser apreciados en mundos distintos sino que, al contrario, todos forman (formamos) parte del Reino de Dios que, a veces, parece querer dividirse y, sobre todo, cuando sabemos que Europa misma es, hoy día, pura tierra de misión. Por otra parte, es evidente que la vida consagrada en congregaciones religiosas, así como aquellos que quieren seguir su fe formando parte del sacerdocio está, si hablamos de números, en franco descenso. Esto es una verdad, nunca mejor dicho, como una catedral de grande. De aquí que, por ejemplo, "L'Osservatore Romano" informaba que los religiosos católicos habían disminuido un 10% en 2006 respecto al año anterior, con lo que el número de personas consagradas había descendido hasta los 945.210, según unas estadísticas publicadas en la última edición del diario del Vaticano. Pero eso no es el problema porque quien dice eso sólo manifiesta lo que es la realidad misma y no es de pensar que se quiera atacar a tal opción eclesial. Ofenderse por eso es no comprender el papel que tiene quien dice lo que pasa y que es, ni más ni menos, posibilitar que, con el conocimiento de lo que sucede se pueda poner algún tipo de solución. El problema es que cuando se habla de “derecha más radical” e “integrismo más prehistórico” lo que se quiere decir, en realidad, es cumplimiento de la Palabra de Dios cuando lo que se preferiría es adaptación a los tiempos que corren, hacer una fe más descafeinada, muy propia de muelles religiosos que se acogen a una “renovación” que consiste, sobre todo, en abrir la puerta a que, en la Iglesia, cualquier cosa sea posible porque, al parecer, el “estilo”, el “lenguaje”, “nuestros iconos y nuestras formas” no parecen ser del agrado del Sr. Barrajón, pues quiere renovarlos es decir, hacerlos nuevos, olvidar los que no le gustan. El problema es, también, que no sabemos que pueda ser posible hacer tal cosa sin acabar con lo que tal estilo, tal lenguaje, tales iconos y tales formas son y representan. Y es que, en verdad, lo que el Sr. Barrajón quiere es, simplemente, otra Iglesia. Al menos, no comandada por los que, actualmente, dirigen la misma. Y es que, claro, el integrismo va por barrios.