El pasado día 10 de abril, el catedrático de derecho penal de la Universidad de Barcelona, don Joan J. Queralt publicó un artículo en el diario El País que muestra, bien a las claras, hasta dónde se puede llegar manipulando conceptos y hasta dónde se puede intentar hacer de menos conceptos que la religión católica tiene como importantes. El artículo tenía un título sintomático: “La legislatura de la eutanasia” y la dirección electrónica es la que sigue (http://www.elpais.com/articulo/opinion/legislatura/eutanasia/elpepiopi/20080410elpepiopi_5/Tes) Ni más ni menos que se aboga, en tal texto, porque, simplemente, se apruebe tal práctica contraria a la vida. Y esto sólo se puede hacer porque, en verdad, se desprecia la de los demás. Escribe, por ejemplo, que “La secularización imparable de la sociedad, aunque lenta y zigzagueante, comporta el abandono del sufrimiento inútil como único patrimonio del que no tiene otro que inmolarse por nada” En esta frase hay, como poco, algunos conceptos algo equivocados. En primer lugar, es cierto eso de la “secularización imparable” que se está produciendo en la sociedad. Esto mismo lo ha denunciado Benedicto XVI en su reciente viaje a EEUU. Sin embargo, hay algo que ataca, directamente, a la doctrina cristiana y que no puede dejarse pasar por alto. Cuando dice, en relación al sufrimiento, que es inútil y que no cabe “inmolarse por nada” es que, francamente lo decimos, ni conoce lo más mínimo ni le importa la doctrina sobre el sufrimiento del cristianismo. El sufrimiento es, muchas veces, algo misterioso ante lo que no tenemos explicación alguna. Sin embargo, también Cristo sufrió y sintió dolor. Pero eso no se hizo abandonar ante la misión que tenía encomendada. De aquí que cuando el autor del artículo dice que “Se nos ha recordado la pasada Semana Santa que Cristo murió sin cuidados paliativos” lo hace con la intención de mofarse, en primer lugar, de tal sufrimiento y, en segundo lugar, para establecer que “los ciudadanos de a pie” no están, estamos, obligados a sufrir si no queremos. El problema de todo esto es que, si bien la vida es, en sí, nuestra (decimos esto por lo del suicidio que une con la Eutanasia par justificar, con el primero la segunda) y, en realidad, “somos responsables de ella, pero propiamente no nos pertenece. Si hubiera que hablar de un “propietario” de nuestra vida, ése sería quien nos la ha dado: el Creador” (“La Familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad”, documento surgido de la LXXXVI Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española, el 27 de abril del 2001) Por eso decir que “el Estado garantice esa actuación piadosa y asegure la impunidad de quien ayuda a otro a dejar lo que para el peticionario es infierno en vida” es decir demasiado no ya por la defensa de la propia muerte sino, además y por si esto fuera poco, para quien procura la muerte de otra persona. Esto es, como suele decirse, pasarse varios pueblos e ir, cuesta abajo, sin frenos sociales. La Conferencia Episcopal Española, por otra parte y referido a esto, en el documento titulado “La Eutanasia es inmoral y antisocial” (Febrero de 1998) nos dice que “Una cosa son la conciencia y las decisiones personales y otra lo que se propone como criterio ético y legal para regular las relaciones entre los ciudadanos” Y esto en relación a la campaña que, por ejemplo, se lleva a cabo desde hace años para la legalización de tan aberrante práctica y que ahora, en el artículo del Sr. Catedrático que aquí citamos, se defiende. Como muestra, por otra parte, de cierta esquizofrenia al considerar el tema de la Eutanasia, se hace referencia a una sentencia (STC 154/2002) en la que unos padres, testigos de Jehová no estaban de acuerdo en realizarle una transfusión de sangre (por el concepto equivocado que tienen de tal tema) y que, como consecuencia de tan aberrante (por equivocada y desviada) acción, murió la criatura. Y esto lo utiliza para decir que aquí sí que había responsabilidad penal de los padres y que, sin embargo, “No se recuerda que los adalides del sufrimiento por la crucifixión y sus adláteres alzaran sus voces contra esta resolución” Y esto es una barbaridad bastante grande porque se sabe, y está dicho muchas veces, que tal consideración bíblica (la de la secta de los testigos de Jehová) es errónea y está equivocada y que es tan aberrante hacer tal cosa amparándose en la Biblia como hacer lo mismo amparándose en supuestas bondades “laicistas”. Y esta es la diferencia esencial entre el autor del artículo, Joan J. Queralt y quiénes defendemos la vida hasta sus últimas consecuencias: no nos sometemos al pensamiento de una secta religiosa ni a una secta política como la que él defiende. Por eso, cuando dice que “Uno de los retos de la nueva legislatura estriba en legislar positivamente esta materia, despenalizando con las debidas garantías la eutanasia, dejándose de palabrería encubridora de la realidad, llamando al pan, pan y al vino, vino” recordamos, de forma inmediata lo que dijera el entonces, y ahora, Ministro de Sanidad, Bernat Soria, sobre el tema de la Eutanasia: que “era una asignatura pendiente de la sociedad española”. Pues parece que va a ser aprobada tal asignatura. Pero, seguramente, lo será con trampas y copiando de alguna chuleta extranjera, holandesa, por ejemplo. Y sobre eso de llamar al pan, pan y al vino, vino sólo hay que decir que Jesucristo dijo que cuando es sí tiene que ser sí y cuando es no tiene que ser no. Y aquí es no.