El Santo Padre ha contestado, como es lógico, muchas preguntas a lo largo de su vida. Así, en los libros “La Sal de la Tierra” y “Dios y el mundo” (cuyo autor es Peter Seewald) da respuesta a multitud de cuestiones que facilitan entender su pensamiento y, sobre todo, su proceder.
Además de haber dirigido el Discurso a los Obispos del que hacíamos referencia ayer viernes, 18 de abril, en el mismo acto se le hicieron, al Santo Padre, por parte de los sucesores de los Apóstoles, una serie de preguntas a las que el Papa contestó, respuestas las cuales significan, dicho esto pronto, lo que en verdad es la expresión de una sana doctrina católica.
En primer lugar se le dijo que ofreciera su valoración sobre el reto del secularismo creciente en la vida pública (realidad palpable en EEUU) y sobre el relativismo intelectual (realidad palpable en todo el mundo). Además se le pidió que sugiriera ideas para afrontar los dichos desafíos (el secularismo y el relativismo) desde un “punto de vista pastoral”
Es conocido que en América (en los EEUU) la religión no ha sido apartada de la vida pública sino que, a diferencia de Europa, “la mentalidad secular” no se opone “intrínsecamente a la religión”.
Sobre esto, el ahora Papa dejó dicho, en un libro escrito al alimón con Marcelo Pera titulado “Sin Raíces“ que “la esfera religiosa adquiría un significativo peso público, se constituía en fuerza prepolítica y suprapolítica, potencialmente determinante para la vida política”. Y esto lo decía en relación a la constitución de EEUU como nación porque es así, exactamente, como sigue la cuestión.
Por eso, y entrando en la otra parte de la pregunta, Benedicto XVI (en las posibles sugerencias) una destaca por sobre todas las demás y es que “el Evangelio debe ser predicado y enseñado como modo de vida integral, que ofrece una respuesta atrayente y veraz, intelectual y prácticamente, a los problemas humanos reales”
Y esto, dicho de tal forma, se ha de aplicar, rectamente entendido, a todo el mundo católico pues no se trata de una sugerencia, digamos, local sino, al contrario, de cariz universal. En segundo lugar, el llamado “cierto proceso silencioso” mediante el cual los católicos abandonan la práctica de la fe. Esto se hace, según los obispos, a veces de forma explícita pero, en otras ocasiones, “alejándose quieta y gradualmente de la participación en la Misa y de la identificación con la Iglesia”.
Algo fundamental ha dicho Benedicto XVI que no debemos olvidar. Y es que “la fe no puede sobrevivir si no se alimenta, si no es “activa en la práctica del amor” (Ga 5,6) Y eso porque, quizá, la gente tiene hoy dificultad para encontrar a Dios en nuestras iglesias o, quizá, la predicación se ha vuelto sosa o, también, porque, quizá a que muchos han olvidado, o no aprendieron nunca, cómo rezar en y con la Iglesia.
Todas estas causas son de aplicación, tal cual, en nuestras propias parroquias porque, seguramente, se trata de problemas también universales.
Y sobre tal proceso de abandono de la práctica de la fe, el Santo Padre les dijo a los obispos que “en las sociedades occidentales se hace cada vez más difícil hablar de manera sensata de ‘salvación’” y, también, la pérdida del sentido escatológico (de lo que hay más allá, de la eternidad misma) que establece (esto no lo dice el Santo Padre sino el que esto escribe) la sensación de que sólo vale lo que hoy tenemos y ninguna preocupación por el definitivo Reino de Dios tiene importancia porque se cree que ni es posible que exista ni siquiera se espera que exista.
Para acabar, en tercer lugar, se le preguntó a Benedicto XVI, por la razón, o razones, de la escasez de vocaciones y, sobre todo, la verdadera causa de que, a pesar de las circunstancias, muchos candidatos perseveren en su vocación.
Como Benedicto XVI dice, siempre, lo que estima necesario para la defensa de la fe sin “respetos humanos” ni nada por el estilo, lo que dijo lo dijo, seguramente, con toda la intención: “Seamos sinceros: la capacidad de suscitar vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa es un signo seguro de la salud de una Iglesia local. A este respecto, no queda lugar para complacencia alguna”
Así marcó, seguramente, lo que es el problema esencial de la crisis de vocaciones aunque, a veces, se puedan descargar las culpas en causas posibles como, por ejemplo, cómo está la sociedad, el ambiente general, etc. que no son, sino, meras excusas.
Pero también, ¡Ay!, nos dice el Santo Padre, que en las familias es donde, en verdad, se constituyen las futuras vocaciones. Enseñar a rezar a los hijos y acompañarles en la oración han de ser, seguro, prácticas que siembren la semilla que, en su día, fructifique porque la perseverancia en la vocación sólo puede producirse si existe una base profunda en la que se pueda mostrar el gran “idealismo” y promesas de aquellos que, a pesar del tiempo tan descreído que les ha tocado vivir, no abandonan su vocación.
Y tales respuestas dio Benedicto XVI a los obispos americanos. Sin embargo, no hemos de olvidar, nunca, que podemos aplicarnos a nosotros mismos aquellas ya que, como católicos, no podemos hacer como si se tratara de cuestiones y problemas propios de aquellas tierras. Benedicto XVI habla para el orbe todo.
Y es que Benedicto XVI, se diga lo que se diga por quien quiera decir algo en su contra, no es, sino, un Pastor bueno, que trata de llevar a sus ovejas al redil de Dios.