Quien pensara, si es que alguien había que hiciera esto, que el Santo Padre podía eludir la respuesta (si es que no provocaba él mismo la situación) a la pregunta sobre los casos de pederastia ocurridos en los Estados Unidos de América es que, en verdad, no conoce ni la forma de ser de Benedicto XVI y es que esperaba, seguramente, que se escondiera en algún tipo de subterfugio diplomático.
Sin embargo, cuando en el mismo avión que le trasladaba, ayer, a EEUU y en conversación con los periodistas que le acompañaban salió el tema a relucir no pudo, y sin duda no quiso, mirar para otro lado.
Por ejemplo, cuando dijo que no comprendía “como pudieron suceder' y que era “una vergüenza, que no se debe repetir”, establecía, claramente, una postura que, si no podemos considerarla oficial (para eso ya están los documentos vaticanos) sí que manifestaba, o suponía, una especie de “aviso a navegantes” que el Santo Padre enviaba antes de llegar a EEUU.
Y es que, además, como no podía ser de otra forma, han supuesto, tales casos “un gran sufrimiento para EEUU, para la Iglesia y para mí, personalmente' porque es evidente que el Pastor de la Esposa de Cristo ha de sufrir cuando una de sus ovejas se descarría y quiere caminar por caminos que no llevan, precisamente, a ningún buen puerto porque se le ha olvidado el mandamiento sobre la imposibilidad de cometer “actos impuros”.
No obstante, tal realidad no va a quedarse, como se suele decir, así, ya que Benedicto XVI se empeñará en que los abusos que han movido tantos escándalos en la tierra de las barras y las estrellas, sean cosa del pasado (no sin clarificarlos, como luego veremos) y en el futuro, ahora mismo, no vuelvan a repetirse.
Porque, en realidad, el Santo Padre ha ido a sembrar esperanza a los EEUU. De aquí que el tema de la visita sea “Cristo, nuestra esperanza” porque acude, a aquellas tierras americanas, a ser el eco de la voz del Maestro en aquella inmensa nación.
Pero, efectivamente, cuando Benedicto XVI aterrizó en la base aérea de Andrews de Washington fue a dar, a punto de cumplir 81 años (que los cumple hoy mismo, 16 de abril) con una nación que, entre otras cosas había vivido lo siguiente (desde la última visita de un Pontífice, Juan Pablo II Magno, en 1999):
En primer lugar, el atentado del 11-S; en segundo lugar, los ya ciados escándalos sobre abusos sexuales y, en tercer lugar, las guerras de Afganistán e Irak.
Y todos esos temas tienen, sin duda alguna, respuesta desde el punto de vista cristiano y, en este caso, católico.
Por ejemplo, ante las terribles muertes acaecidas como consecuencia de que los aviones se estrellaran en las Torres Gemelas, una esquina del Pentágono y en campo abierto, en Shanksville, Pensilvania, en aquel nefasto día de septiembre de 2001, cabe, en primer lugar, la oración que, precisamente, elevará a Dios el día 20 de abril cuando, en la “zona cero” (de impacto y hundimiento de las ya extintas Torres Gemelas) se reúna con familiares de aquel terrible atentado.
Y, en segundo lugar, el perdón. También el perdón, por muy duro que pueda parecer, para sus instigadores y causantes.
Ante los casos de pederastia, ya en el año 2002 el documento de «Normas esenciales diocesanas sobre acusaciones de abuso sexual de menores por sacerdotes o diáconos» (Aprobadas por la Congregación para los Obispos, el 8 de diciembre de 2002, a petición de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos) estableció una definición de tal delito atendiendo a las palabras de Juan Pablo II Magno, que había dicho que “No hay sitio en el sacerdocio ni en la vida religiosa para quien hace daño a los jóvenes”.
No había, ni hay, por tanto, nada más certero que aplicar la normativa que suponiendo “una violación externa y grave del sexto mandamiento” era de justicia emplear, pues recordemos que el canon 1395 (Código de Derecho Canónico) dice, expresamente que “el clérigo que con escándalo permanece en otro pecado externo contra el sexto mandamiento del Decálogo, deben ser castigados con suspensión; si persiste el delito después de la amonestación, se pueden añadir gradualmente otras penas, hasta la expulsión del estado clerical”.
Por tanto, no cabía, ni cabe, hacer otra cosa que una llamada a la norma, canónica en este caso (independientemente de lo que, a nivel penal y civil pueda corresponder, claro) para que solucione la cuestión en litigio.
Y, por último, en cuanto a las guerras de Irak y Afganistán, dijo "¡Basta de matanzas! ¡Basta de violencia! ¡Basta de odio en Irak!", Benedicto XVI al finalizar la Eucaristía del Domingo de Ramos, el pasado 16 de marzo, dejando bastante claro lo que piensa sobre tal conflicto que viene a ser lo mismo que tantas veces dijera su predecesor Juan Pablo II Magno.
Por tanto, si bien es cierto que la situación que Benedicto XVI se ha encontrado, seguro, es la una Iglesia que peregrina en América del Norte que tiene algunos graves problemas producidos, además, por las notables diferencias raciales que allí existen y, como consecuencia de ello, por las características que cada cual puede darle a la religión católica, no es menos cierto que el viaje que acaba de iniciar y que finalizará el próximo 20 de abril tiene bastante de evangélico porque lleva al Cristo de la Esperanza.
Aunque estamos seguros, también, que algunos sectores de occidente difundirán que Benedicto XVI acude a EEUU en tiempo electoral y que tal cosa puede ser utilizada por alguno de los contendientes en aquellas elecciones, lo mejor es pensar que tales posturas y opiniones son dadas por personas que no tienen un sentido claro de lo que es lo religioso, que ignoran (o hacen como si tal cosa fuera verdad) que la doctrina de Cristo no tiene que ver nada con la política y, por último, que su visión sobre lo sobrenatural es, digamos, algo rácana y torticera.
Y, sin embargo, eso también lo perdonaría el Santo Padre. O, mejor, Dios a través de él.