Dice Santa Teresa, en las Fundaciones (3,5) que “Porque quien más conoce a Dios, más fácil se le hacen sus obras “. Por tanto, aquellas personas que nos consideramos hijos de Dios hemos de hacer lo posible para alcanzar a conocer algo, aunque sea sólo una sombra o una brizna, de Aquel que nos creó. Lo que se quiere decir con esto es que la formación doctrinal, para un cristiano (y, así, para un católico) es de tal importancia que, efectivamente, de no tener ninguna podemos llegar a caer en la situación del que come sin saber qué come o del que bebe sin saber qué bebe. El alimento y la bebida son necesarios e importantes pero no se puede negar que resulta más gratificante tener algún conocimiento de lo que se lleva uno al gaznate. De otra forma seríamos como seres irracionales que hacen sin saber cómo ni qué ni, sobre todo, por qué. Y, ahora, volvamos a lo dicho por la Santa fundadora. Las obras que hacemos, aquello por lo que se nos conoce, ha de tener alguna relación con nuestro pensamiento en, digamos, materia religiosa. Ser, o pertenecer, a una religión (ahora la católica) no es algo que se adquiere como si se comprara un objeto o cualquier cosa de carácter material. Al contrario, la fe tiene, sobre todo, un contenido espiritual y tal recipiente sólo es posible llenarlo si se tiene voluntad de hacer tal cosa. Esta pequeña introducción ha venido a cuento de que, al parecer, el próximo día 11 de mayo, fiesta de Pentecostés, la Conferencia Episcopal Española publicará y presentará un documento (muy propio que sea tal día como necesidad de envío de los cristianos a proclamar la Palabra de Dios y lo que eso supone) titulado “Laicos cristianos: sal y luz del mundo”. Lo que se pretende es que los cristianos sean “adultos en la fe, enamorados de Jesucristo y de su Iglesia”. Y aunque esto último dicho (lo de la Iglesia) pueda molestar a más de una persona que preferiría que la institución “Iglesia” no recayera en manos de ninguna jerarquía (o al menos la que ahora lleva las riendas de la española) lo bien cierto es que la nave de la Esposa de Cristo está, esencialmente, en nuestra nación, en buenas manos. Pero, dejando esto aparte (pues ya sabemos que la política, cuando se pone a hurgar en la religión no lleva a nada bueno) lo esperado es que tal documento inste a evitar el influjo de lo que algunas “presentaciones parciales, sesgadas y distorsionadas que, en bastantes casos, hacen de la Iglesia algunos medios de comunicación” (palabras del documento en cuestión) Vayamos, pues, a la cuestión de la formación y, al fin y al cabo, de lo importante que es conocer la Fe.
Qué somos Por muy extraño que pueda parecer, cuando una persona ha sido bautizada y, de forma más o menos regular, sigue recibiendo los Sacramentos es que, en general, se puede considerar cristiana. Si, además, lo hace en el sentido propio de la Iglesia de Roma es que se puede considerar católica. Ante esto no parece que quepa ninguna objeción.
En qué se fundamenta lo que somos El fundamento de nuestra fe se encuentra, básicamente, en la Pascua de Jesucristo y exactamente en su Resurrección. Por eso se ha tratado, a lo largo de la historia del cristianismo, de minusvalorar, cuando no hacer ridícula tal realidad (la que muestra que cristo resucitó) para hacer vana (como diría san Pablo) nuestra fe. Y esto es así porque se proclama el triunfo de la Vida sobre el mal. Por tanto, cuando no se reconoce la Resurrección como elemento fundamental de nuestra fe se proclama una fe que no es la cristiana sino, seguro, otra cosa.
Qué hay que saber de lo que somos Hoy día, mucho más que en siglos pasados, existen muchos medios para conocer la fe que profesamos y poder, si es necesario, argumentar en su favor ante aquellas personas que, bien por ignorancia o bien por malicia tratan de hacerla de menos. ¿Cómo, por ejemplo, defenderemos el dogma de Inmaculada Concepción de Maria ante un protestante? o ¿Cómo, simplemente, rebatiremos las extrañas ideas de los Testigos de Jehová? Y estas dos son dos simples situaciones en las que podremos encontrarnos si es que, por suerte o por desgracia (quién sabe) se nos presentan en nuestra casa algunos representantes de tales opciones (religiosa la primera y sectaria la segunda) Por lo tanto, hemos de acudir a tales medios (vía Internet, por ejemplo, el campo de estudio y aprendizaje es, simplemente, inacabable, maravilloso e inmenso) para poder, si es que nos vemos en situaciones como las descritas arriba (que en el caso de los Testigos de Jehová es más que probable) hacer comprensible nuestra fe y que tal comprensión tenga bases sólidas como, en realidad, las tiene.
Consecuencia de lo que somos De todo lo dicho se deduce algo que ha de quedar meridianamente claro: lo que somos, cristianos católicos (valga, quizá, la redundancia) ha de tener unas consecuencias en nuestra vida. No es posible hacer como si lo fuéramos pero, a la hora de la verdad, acomodarnos en nuestros sillones de mundanidad porque, en realidad, es mejor para nuestra vida. Ser consecuentes con nuestra fe es, muchas veces, difícil, porque nos lleva a actuar de forma no políticamente correcta y respetando poco lo que se llama “respeto humano” (el qué dirán si hago según lo que creo) Por otra parte, dice don José Manuel Vidal en www.religiondigital.com, refiriéndose al documento que será presentado el 11 de mayo, que “Aunque hace autocrítica, les acusa de dejarse llevar por los medios”. Y se refiere a la Iglesia tal cosa de la autocrítica. Además, dice que “La Iglesia suspende a los católicos en doctrina y formación” Y todas y cada una de tales realidades (la autocrítica, la acusación de dejarse llevar por los medios y el triste hecho de la escasa formación, en general, de los católicos españoles) son exactamente ciertas. Pero no vaya a creerse que lo escrito aquí se trata de una regañina a nadie sino de la plasmación de la realidad que, a veces, es así de dura.