En 1980, tal como un 5 de mayo, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en el documento titulado “Declaración sobre la eutanasia” (en su parte III) decía que “se debe reconocer que la muerte precedida o acompañada de sufrimientos atroces y prolongados, es un acontecimiento que naturalmente angustia el corazón del hombre”.
Por lo tanto, la Iglesia no deja de reconocer ese momento dificultoso en ese pasar de esta vida a la otra sin, por eso, dejar de establecer, como es obvio, que existen algunas formas de afrontar ese momento: reconociendo que Dios nos llama y asumiendo esa situación o, al contrario, no sabiendo hacerlo y precipitándolo de forma, digamos, ignominiosa.
Además, por si esto no fuera, ya, suficiente, en la Conclusión se dice que aquella (la Declaración) la inspira “un profundo deseo de servir al hombre según el designio del Creador”. No hay, por eso mismo dicho, intención de aguar la fiesta del desarrollo de la ciencia ni de mantener ideas que podrían tildarse de retrógradas o faltas de sentido común.
Por otra parte, el título de este artículo, la dulzura de morir, apunta hacia algo que, es conocido, cada vez alcanza una mayor difusión entre las personas: ¿por qué no se puede facilitar la muerte de una persona evitando, con eso, el trance de dificultad por el que pasa? o también ¿por qué no una muerte digna? Al contrario, ¿habrá algo más amargo que obviar la realidad en defensa de unas ideas supuestamente benéficas para quien sufre? o también ¿qué extraño poder se pretende alcanzar diciendo quién debe dejar de existir?
Estas preguntas tienen, todas, una respuesta que, quizá, clarifique un poco la verdad que encierra, el ánimo que mueve a unos a defender la vida y a otros a no hacer caso de los principios morales que a los primeros mueven a ser, en verdad, más intrínsecamente humanos.
Es difícil responder al por qué puede pensarse que la mejor manera de librar a alguien de sufrimientos sea “ayudarle a morir”. Pero también podemos preguntarnos dónde se puede llegar si se comienza legalizando la muerte asistida por, digamos, razones “humanitarias”. Una vez hecho posible esto, amplias capas de la sociedad (ancianos, discapacitados, etc) podrían verse afectadas por este criterio insano de falso sentimiento de ayuda. Es más, como muy bien dice la Declaración de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) titulada “La Eutanasia, es inmoral y antisocial” “los tetrapléjicos – se refiere a esta concreta enfermedad pero bien podemos extenderlo a otras muchas- no están deseando morirse, ni mucho menos, pidiendo que los eliminen”.
Quizá si comprendemos que “cuando la existencia se rige por los criterios de una calidad de vida definida principalmente por el bienestar subjetivo” las palabras “enfermedad”, “dolor” y “muerte” no pueden tener sentido humano alguno (Instrucción Pastoral de la CEE titulada “La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad” ,120) y eso es, sobre todo, lo que determina la opción por un drástico final para la vida del ser humano. Y esto, claro, no parece muy acorde con un verdadero sentido humanitario sino, al contrario, con el utilitarismo más puro pues se considera que una vida que no resulta “útil” y “rentable” no tiene sentido su existencia.
Por otra parte, en la incapacidad de contemplar la vida como lo que es, un don y un regalo de Dios, se esconde, quizá, la imposibilidad de sentirse vivientes en un camino que nos lleva al Reino definitivo del Creador y que, en esa senda, el dolor (en todas sus formas y expresiones, más o menos crueles) es un acompañante, seguramente, necesario, por ser parte de nuestra cruz. Lo cierto es lo contrario, pues sabido es que el sufrimiento es una realidad totalmente unida al vivir del ser humano: nacemos con dolor, pues difícil resulta abandonar el seno que nos llevó; con momentos no ajenos al sufrir nos enfrentamos en muchas ocasiones; es doloroso dejar la vida (para nosotros y por los que dejamos aquí)… Muy dicen las “100 cuestiones y respuestas sobre la defensa de la vida humana y la actitud de los católicos (documento de la CEE) que “El dolor forma parte de toda la vida humana… la expresión del dolor es no sólo motivo de inspiración sino objeto de reflexión constante”. No entender esta realidad es mantenerse, precisamente, fuera de la realidad, permanecer ausente y manifestar desazón por lo que es el cauce propio de nuestra vida.
Ante esta situación, no de poca gravedad, ante la que nos encontramos (muerte asistida y Eutanasia, etc) no cabe, por otra parte, permanecer como si la cosa no fuera con nosotros. Podemos, a saber:
Exigir el carácter irrenunciable, inalienable e indisponible del derecho a la vida.
Exigir al Estado el respeto de los derechos fundamentales de la persona.
Exigir el cumplimiento del principio de justicia según el cual todo ser humano debe ser respetado y su dignidad protegida y amparada por los demás.
Vivir con serenidad y dignidad el sufrimiento que pueda afligirnos.
Manifestar nuestra oposición a la Eutanasia en todas las formas posibles.
Es por todo esto que esa, dicen, muerte digna (mal aplicado el concepto), incluso dulce, es inmoral, es antisocial: inmoral porque atenta contra todo principio ético; antisocial porque recae sobre los miembros más indefensos de la sociedad que son, precisamente, los más necesitados de amor, de caridad, de luz.