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Edición Burriana > Piedras vivas



12/04/2008
Vocaciones
 

En un mensaje con motivo de la celebración de la XLV Jornada Mundial de oración por las vocaciones (que se celebra mañana domingo, 13 de abril) el que es Presidente de la CONFER (Confederación Española de Religiosos) Alejandro Fernández Barrajón ha manifestado que “Los jóvenes nos perciben lejanos y extraños. Nos sitúan en otra época y nos encuentran habitados de un lenguaje condenatorio”.

Y esto, que puede parecer algo extremo (pues unos jóvenes mirarán a la Iglesia de una forma y otros de otra) es el preámbulo de otras cosas que ha dicho el fraile mercedario que preside tan importante organismo eclesiástico.

También, por ejemplo, se pregunta si es que es posible que se haya “cerrado el cielo a nuestra súplica” o si, por otra parte, “nos habremos cerrado nosotros a la esperanza”. Esto dicho con relación directa al descenso vocacional que, tanto en seminarios como en congregaciones, se está produciendo desde hace ya, demasiados, años.

Y sobre esto, resulta de todo punto necesario, decir algo sobre lo que Benedicto XVI ha dejado escrito, como Mensaje, para la Jornada citada arriba.

Ya el tema escogido para este año es, verdaderamente, significativo: “Las vocaciones al servicio de la Iglesia-misión”. A partir de tal esencial consideración de la función que la Esposa de Cristo realiza en este mundo que nos ve peregrinar, desarrolla su idea tanto de una realidad espiritual, la misión, como de la misma misión, resultado de aquella vocación.

Así, como aquellos primeros doce que Jesús escogió entre sus contemporáneos con la misión de “recorrer los caminos del mundo anunciando el Evangelio como testigos de la muerte y resurrección de Cristo” (Mensaje Vocaciones 2008 de Benedicto XV, 3) nosotros, también, seamos o no de los escogidos para llevar vida sacerdotal o religiosa, como cristianos, digamos, ordinarios (de la vida común, del siglo) tenemos que llevar a cabo la misión para la que Cristo envió a sus discípulos primeros. No estamos exentos de tal labor porque para eso somos semejanza de Dios.

No nos está permitido hacer otra cosa si es que queremos cumplir con nuestra obligación de hijos, con nuestro deber de hermanos de Cristo y, en general, con nuestra misión en el mundo. Porque nosotros también tenemos una misión, también somos Iglesia, piedras vivas, en misión.

No hemos de tener miedo (ya lo dijo, eso, Juan Pablo II la primera vez que se dirigió al pueblo de Dios después de haber sido elegido Papa) por lo que esto debe suponer para nosotros ni la expectativa de fracaso puede disminuir nuestras ansias de evangelización. Muy al contrario, “Al hacerse una sola cosa con el Maestro, los discípulos ya no están solos para anunciar el Reino de los cielos, sino que el mismo Jesús es quien actúa en ellos” (Mensaje Vocaciones 2008 Benedicto XVI, 2)

No obstante, tenemos que estar en la seguridad de que nuestra misión ha de tener éxito (aunque no sepamos cuando se recogerá el fruto de tal gozo). Y eso ha de ser así porque ya dijo Jesucristo algo que, en este caso, resulta esencial y que clarifica muchas cosas: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado” (Mt 10, 40)

¿Y qué es importante en cuanto a nuestra vocación?

Aspectos a tener en cuenta son, sin ánimo de ser exhaustivos, los siguientes:

-El sentido de la vida y la verdadera libertad.

-La capacidad de enfrentar las experiencias de cruz sin perder la fidelidad.

-El discernimiento de los deseos humanos a responder a la llamada de Dios, a construir comunidad humana.

-A ser escogidos, llamados y enviados.

Y esto, que en sí mismo considerado, es lo que se denomina “Catequesis vocacional” (materiales para la celebración de la Jornada, www.conferenciaepiscopal.es) es, sin embargo, o mejor, ha de tener el carácter de generalizada aplicación: vale para unos porque vale para todos; vale para las personas consagradas a la vida sacerdotal o religiosa y vale para los demás, los que hemos escogido una vida en la que el sentido secular juega un papel muy importante.

Al fin y al cabo, todos somos llamados a llevar a cabo la misión fundamental de la Iglesia-misión (valga la casi redundancia) según la cual “por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación cada cristiano está llamado a dar testimonio y a anunciar el Evangelio” (Mensaje Vocaciones 2008 Benedicto XVI, 1)

Por otra parte, el Sr. Barrajón, Presidente de CONFER, dice, también, en su mensaje para la Jornada de mañana domingo, que “necesitamos hacer silencio” en el sentido de ser la mejor manera para afrontar “los interrogantes de la vida” y que, en realidad, “el cielo no está cerrado”.

Y en esa esperanza estamos, vocación (aunque sea a la vida laica) incluida.

 

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