Volver a la Casa de Dios: www.catolicosregresen.org
“Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.” (Juan 8:32)
Esta corta frase que el evangelista Juan recoge en su evangelio nos muestra, exactamente, el camino que hemos, han, de seguir, aquellas personas que, de alguna manera, se hayan alejado de la Casa de Dios y pretendan volver a ella aunque ellas mismas no lo sepan. La sección de Religión de www.periodistadigital.com recoge una noticia titulada “La página web que convierte al catolicismo” en la que se dice que “Unos tres mil católicos han vuelto a la Iglesia Católica en la Diócesis de Phoenix, gracias a un nuevo apostolado en Internet llamado CatholicsComeHome.org, que muestra y explica de manera atractiva y sencilla; y a través de una serie de "comerciales", todas las bondades y la gracia que significa la existencia de la única Iglesia fundada por Cristo”.
Y esto, que es muy probable que pueda pensarse que es algo exclusivamente americano (del norte y useño) y que, en realidad, no es aplicable a la otrora católica España, resulta de todo punto crucial para la situación por la que pasa, esto es seguro, la que en otro tiempo fue considerada el alma espiritual de Europa.
Según la noticia citada en menos de tres semanas han vuelto a la Iglesia Católica unas tres mil personas. Es cierto que se trata de una Diócesis muy lejana de España pero no hemos de olvidar, y recordarlo ahora no estará de más, que cuando las piedras vivas que componen la Esposa de Cristo van cimentándola en número y, así, en espíritu, todo el cuerpo de la Iglesia gana en gozo y esperanza. Por eso lo católico es universal.
Por lo tanto, nada nos es ajeno ni nada, por muy lejano que esté deja de influenciar en nuestras vidas de católicos.
Además, la página tiene una que corresponde a la lengua española y que da título a este artículo (www.catolicosregresen.org) que en nuestro idioma traslada el trabajo que allí se hace y lo que puede suponer también para otras partes del mundo esta iniciativa tan actual como es que, a través de la red de redes se pueda llevar la esperanza a aquellas personas que, de una manera o de otra, se alejaron (cada cual con sus circunstancias) de la Iglesia que, como el padre de la parábola del hijo pródigo que recoge el evangelista Lucas, nunca los había olvidado.
Pero, en realidad, podemos preguntarnos cuáles son las razones que nos han de hacer sentirnos cristianos y, más concretamente, católicos que nos han de hacer querer o olvidar la Iglesia a la que decimos pertenecer porque, en muchas ocasiones, nos vamos de ella cuando olvidamos nuestros deberes como hijos de Dios.
Dice San Pablo, en su Epístola a los Efesios 4,14 Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error (4.14)
Y son tales “vientos de doctrina” los que nos hacen perder la relación que manteníamos con la Iglesia. Los nuevos dioses baales son los que nos incitan abandonar el redil que tan amorosamente cuida Cristo con su propia vida.
¿Cuántas veces no nos hemos alejado de la Iglesia con la más peregrina de las excusas? Algunas veces puede ser porque no estamos de acuerdo, cosa muy común ésta, con el sacerdote; otras porque no entendemos la celebración de los sacramentos (nuestra fe es, aún, infantil); otras porque no encontramos respuestas a nuestras inquietudes (no sabemos, quizá, cuáles son, en verdad); otras veces las respuestas que nos dan no nos convienen; otras veces no nos sentimos alimentados espiritualmente; otras veces, otras veces, otras veces...
Siempre hay, seguramente, a qué acogerse (aunque sea un clavo ardiendo) para abandonar la Iglesia que Cristo fundó y cuyas llaves entregó a Pedro porque no es fácil soportar el yugo de su pertenencia y las obligaciones (morales y espirituales) que tal realidad conlleva.
Y sin embargo, siempre podemos volver a encontrarnos con el resto de feligresía que ha permanecido para dar forma a la Casa de Dios; siempre podemos pedir perdón si es que hemos roto la relación que teníamos con el Padre (pues no otra cosa es el pecado que tal ruptura); siempre estamos a tiempo de retomar nuestra vida ordinaria tan llena de pequeñas cosas que son importantes y que nos recuerdan, indefectiblemente, que Dios existe y que nos acompaña siempre. Y por eso mismo, siempre, también, podemos acudir al método que, por excelencia, calma nuestra ansia de saber y conocer: la oración.
Y aquí les dejo con una que les puede evitar muchos problemas a la que les puede aliviar el corazón roto por tan grande abandono de los brazos e Dios.
““Dios mío, Trinidad que adoro, ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo para establecerme en ti, inmóvil y apacible como si mi alma estuviera ya en la eternidad; que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti, mi inmutable, sino que cada minuto me lleve más lejos en la profundidad de tu Mis erio. Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo, morada amada y el lugar de tu reposo. Que yo no te deje jamás solo en ella, sino que yo esté allí enteramente, totalmente despierta en mi fe, en adoración, entregada sin reservas a tu acción creadora.”
Ahora bien, si son de las personas que hacen de la fe un asidero sólo válido cuando les conviene o la tienen como adorno en sus idas... entonces piensen algo que siempre es esencial en momentos de duda: ¿Cuál es mi principal negocio?
Sabiendo que la respuesta es “la salvación eterna” ya pueden, podemos, correr (espiritualmente hablando, claro) a hacer uso de nuestro derecho de ser recibidos por el Padre con el amor que sabemos que nos tiene.