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Edición Burriana > Piedras vivas

10/04/2008
Sobre el cielo y el infierno
 

Cuando, en materia religiosa, se habla de determinados temas, no siempre se comprenden los mismos. Por eso, a veces se hace mofa y escarnio de ellos a cuenta del desconocimiento que se tiene sobre lo que, en realidad, es la base de la relación del hombre con Dios.
¿Se cree en el cielo y el infierno?
Ante esta pregunta que, en realidad, es doble pues tiene un sentido duplicado, muchos habrán, como poco, sonreído e, incluso, habrán pensado que el que esto escribe padece algún tipo de mal extraño. Sin embargo, otras personas, seguras de que, en realidad, ha de haber algo más que la vida terrena que llevamos (no siempre lúcida ni siempre admisible) y eso, seguramente, les salve, en muchas ocasiones, de caer en la total desesperación al darse cuenta de la deriva del mundo en el que viven, se lo tomarán algo más en serio.
Mucho más cuando, en realidad, el cielo y el infierno ya lo vivimos en esta vida y el sentido que tienen tales palabras es aplicable, verdaderamente, a nuestra existencia puramente terrena pues es su exacto significado.
Referido a este tema el Presidente del Pontificio Consejo de la Cultura del Vaticano ha manifestado algo que, si bien ha podido sorprender a aquellas personas que tienen del infierno una idea algo infantil (aunque, seguramente, promovida desde las mismas instancias eclesiales durante mucho tiempo o entendido que así se hacía por el común de las personas) que les lleva a pensar que, en realidad, el infierno es un mundo, otro mundo, en el que el azufre y el fuego son compañeros de vida.
Pero a esto Gianfranco Ravasi, el arriba citado Presidente ha tenido a bien decir, nada más y nada menos, que “el infierno no debe ser figurado en las llamas sino en el hielo, porque es la ausencia de amor, el terror y el rechinar de dientes”.
Y más de uno, ante esto, puede pensar que alguien ha venido a trastocar el sentido que del infierno se ha tenido tradicionalmente. Sin embargo, la cosa no es como parece sino, al contrario, parece lo que no es.
En 1999, Juan Pablo II Magno impartió dos catequesis que fijan, exactamente, el sentido de lo que, en realidad, el cielo y el infierno son. Era el miércoles 21 de julio.
En aquellas lecciones de fe y de comprensión de la Palabra de Dios dejó claras, por así decirlo, una serie de malas interpretaciones que, a lo largo de la historia, se habían venido produciendo (seguro que ahora también se producen) sobre estos peliagudos temas.
Por empezar por el orden lógico de la exposición, podemos preguntarnos qué es el infierno para Juan Pablo II Magno.
Acogiéndose a  lo que las Sagradas Escrituras, en su parte Antigua, dicen y llegando a lo que, el Nuevo Testamento indica sobre el tema, el Papa que vino desde la otra parte del telón de acero, comprendía que, al fin y al cabo, y al igual que para Job (10, 20-22) dónde se va es una “Tierra de negrura y desorden, donde la claridad es como al oscuridad”
Pero tal “Tierra” no está muy lejos de nuestro ahora mismo.
Y tal es nuestra vida, cegada por el mundo y alejada, mucho, de Dios y de su Palabra, de lo que ésta significa para nuestra vida. Refugiándonos en el mundo, en el siglo, tan sólo podemos encontrar espacios en los que no se encuentra el amor sino, muy al contrario, la desazón y la tristeza. Eso es, al fin y al cabo, el infierno: un alejamiento de Dios y un refugio en la soberbia humana que cree que todo lo puede con sus solas fuerzas.
A este respecto, dice el número 1033 del Catecismo de la Iglesia Católica que “Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra “infierno”. Y a esto se acoge Juan Pablo II Magno.
A este respecto, dice Benedicto XVI  que "Quien no conoce el Juicio definitivo, afirmó, no conoce la posibilidad del fracaso y la necesidad de la redención. Quien no trabaja buscando el Paraíso, no trabaja siquiera para el bien de los hombres en la tierra".
Y es que, actualmente, aquellas personas que, con sus ideas estrambóticas o, simplemente, conformistas, ofrecen a la sociedad una filosofía acomodada en la materia y alejada del sentido espiritual que anida en cada persona, son partidarias, sobre todo, de esconder palabras como, precisamente, “fracaso” y la correspondiente redención que se hace necesaria para purgar nuestro corazón de  tal actitud ante la vida.
Y Sobre el cielo, dice Juan Pablo II Magno, en la Catequesis citada, apoyándose en el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 1026) que el “El cielo es la comunidad bienaventurada de todos los que están perfectamente incorporados a Él”.
Y el entendimiento de tal realidad espiritual supone la existencia de un estado de perfección de aquella que es, seguramente, la razón según el cual casi nunca se alcanza, goza y disfruta del mismísimo cielo.
Pero, seguramente, lo que nos pasa es que, en general, se habla poco del cielo y del infierno.

Eso ha venido a decir el Santo Padre alemán en un encuentro con sacerdotes de la Diócesis de Roma el día 7 de enero pasado (2008) porque  esto no es culpa, por así decirlo, del pueblo mismo elegido por Dios sino, también, de los propios pastores que lo conducen. Así,  "quizá hoy en la Iglesia se habla demasiado poco del pecado, del paraíso y del infierno".
Y, seguramente, será porque, como pasa con la doctrina, en general, de Cristo, lo que se nos propone tiene un grado de exigencia tal que pocas personas, al fin y al cabo, están dispuestas a cumplir con el camino que nos ha correspondido hacer pero haciéndolo de la forma requerida por Dios.
Y es que seremos su semejanza pero una que lo es, muchas veces, demasiado humana y no reconocemos, para nuestro mal, que podríamos estar disfrutando de Dios en la tierra. Al contrario, preferimos esperar tal momento a uno en el que esperamos recibir la recompensa por lo hecho en nuestra vida.
Y mientras en infierno helándose... dentro de cada cual.

 

 

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