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Edición Burriana > Piedras vivas



05/04/2008
Juan Pablo II: recuerdo de su presencia
V.-Una verdadera esperanza
 
Como sabemos, la Esperanza, como virtud teologal, dirige o, al menos, ha de hacerlo así, la vida de aquella persona que se considere hija de Dios y que, por eso mismo, ha de cumplir aquello que escribiera san Pablo en su Epístola a los Romanos: “No te dejes vencer por el mal, antes vence el mal con el bien” (12, 21).

Escribió George Weigel una biografía del Papa polaco que tiene un título bastante ajustado a la realidad y que muestra hasta dónde puede llegar el ser humano que ha comprendido y ha hecho, en su vida, la voluntad de Dios. “Testigo de Esperanza” se titula el mismo.

Y fue testigo porque dio testimonio de la realidad según la cual esperó, y vio como Dios daba, da, al hombre, los bienes que le prometió en su alianza con su criatura.

Por tanto, a lo largo de su vida como Santo Padre, así como en su etapa anterior (más larga como es lógico) mostró que “se puede vencer el mal. Ésta es la fuerza de la esperanza” (Jasna Gora, Polonia 1987).

Sabemos de dónde viene, exactamente, la esperanza. No se trata de la manifestación de un optimismo sin sentido que haría del cristiano una persona fuera del mundo en el que vive y que sólo soñara con algo mejor. Muy al contrario, a tenor de lo dicho por Juan Pablo II Magno, “la esperanza viene de Dios, de nuestra fe en Dios. Sin fe en Dios no puede haber una esperanza duradera, auténtica” (Los Ángeles, Estados Unidos, 1987).

Sin embargo, el mundo, el siglo, nos propone una esperanza distinta, una verdad muy alejada de lo que, en sentido cristiano, se entiende por tal virtud. Todo ello porque “los diversos mesianismos secularizados, que han intentado sustituir la esperanza cristiana, se han revelado después como verdaderos y propios infiernos” (Jornada Mundial de la Juventud, Roma 2000).

Entonces, ¿Qué podemos hacer si estamos en el mundo pero no podemos, ni debemos, perder nuestra relación vertical con Dios?

Por supuesto, no podemos, de ninguna de las maneras, dejar de creer en Dios (llevados por lo mundano y la mundanidad que comporta). Así “Dejar de creer en Dios es empezar a deslizarse por un sendero que sólo puede llevar al vacío y a la desesperanza (dicho en Los Ángeles, citado arriba).

Así hemos de conducirnos por el camino de nuestra vida, por el recorrido que hacemos y que queremos finalice en el definitivo Reino de Dios porque “La fe cristiana y la esperanza cristiana miran más allá de la muerte. Pero ni la fe ni la esperanza son mero consuelo en el más allá. Transforman ya ahora nuestra vida terrena” (Salzburgo, Austria, 1988).

Y por eso mismo hemos de hacer, por decirlo así para que se entienda, uso de tal posibilidad, de tal virtud. Ya hemos dicho arriba que no se trata, la esperanza, de un sueño sino de algo que transforma nuestro proceder porque lo ilumina el Espíritu Santo que “no deja de ser custodio de la esperanza en el corazón del hombre” (Encíclica Dominum et vivificantem 67).

Pero es que, además, quien crea que puede subsistir sin esperanza es que no reconoce la limitación que, como persona, tiene, porque es tenerse por un ser superior quien estima que su vida depende de sí mismo y que no ha de ponerla en manos (sin por ello renunciar a la libertad que Dios mismo le otorga) de Quien la ha creado y de su voluntad. Dice Juan Pablo II en el ya citado discurso de Los Ángeles que “Hay que tener una finalidad en la vida, un sentido para nuestra existencia. Tenemos que aspirar a algo”.

¿Y qué pasa si no manifestamos una voluntad que tienda a hacer posible algo que esperamos alcanzar? Sencillamente, que “Sin esperanza, comenzamos a morir” dijo Juan Pablo II Magno en aquel viaje a Estados Unidos en 1987.

Una visión real de la vida
De todas formas, no hay que caer en la tentación de pensar que el cristiano trata, con la esperanza como raíz de su actuación, de permanecer aislado del mundo. Al contrario de esto su espiritualidad “No es una espiritualidad de huida o rechazo del mundo; tampoco una simple actividad de orden temporal. Impregnada por el Espíritu de vida, derramado por el Resucitado, es una espiritualidad de transfiguración del mundo y de esperanza en la venida del reino de Dios” (Audiencia General, Roma 2 de diciembre de 1998).

Por lo tanto, se trata, más bien, de llevar a la vida la misma realidad de la Parusía en el sentido exacto de esperanza cierta y real en su acaecimiento.

Y es que sentirse esperanzado en las tribulaciones por las que pasamos es un, a modo de, comportamiento moral de acuerdo a nuestras creencias como cristianos.

Porque, sobre todo, “Hoy no basta despertar la esperanza en la interioridad de las conciencias; es preciso cruzar juntos el umbral de la esperanza” (Audiencia General, Roma 11 de noviembre de 1988)

Y es lo último dicho en la Audiencia General del 11 de noviembre de 1988 lo que dio título a un libro-entrevista o, más bien, a la contestación a unas preguntas hechas por Vittorio Messori a Juan Pablo II (“Cruzando el umbral de la Esperanza”) en las que el Santo Padre venido de más allá del telón de acero nos desgrana su visión, sobre todo, de la Esperanza como realidad constatable.

Se deduce, de tal texto, que para Juan Pablo II tener esperanza es al fin y al cabo, creer: en Dios, en Jesucristo, en el Espíritu Santo.

Es así como la Esperanza se manifiesta con toda su fuerza creadora de paz para el corazón del hombre.

Y cruzar tal umbral es, para nosotros, la tarea más importante que, como cristianos, tenemos que realizar.

 

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