Fray Terencio María Huguet Montoro, O.P. 100 años de un Siervo de Dios
Ahora que ayer mismo, 2 de diciembre, se inició el tiempo de Adviento quizá sea el momento adecuado para referirse a una persona que, nacida en Burriana llevó el nombre de nuestro pueblo por un mundo necesitado de Dios.
El pasado 5 de noviembre se cumplieron 100 años de la venida al mundo del que bautizarían con el nombre de Terencio María. Como suele decirse en estos casos, vino a nacer en el seno de una familia dedicada, como en aquella época era muy común, a la tierra, al cultivo de lo que podía considerarse, entonces, el oro naranja.
Tuvieron que pasar casi 80 años para que viajara a la casa del Padre en la bendita tierra de Guatemala, donde había acudido, muchos años antes, a llevar a cabo una labor de misión muy propia de su estado.
Pero, lógicamente, muchas cosas habían sucedido entre un momento y el otro de la vida del siervo de Dios para el que, recientemente, se ha abierto, de forma definitiva, en Roma, la causa de beatificación.
Terencio María pertenecía, desde que tomó el hábito, el 14 de noviembre de 1922, cuando sólo contaba con 15 años de edad, a la orden dominicana (miembros de la cual se muestran en esta columna).
En esa Orden de Predicadores profesó, de forma solemne, 2 años después, en 1924. Desde ese momento su vida estuvo dedicada al servicio a los demás, a hacer de su existencia un seguimiento del programa de vida del fundador de la Orden, Santo Domingo de Guzmán y que consistía en "hablar con Dios o de Dios".
Pero, a lo largo de su vida, llevó a cabo funciones propias de su cargo y de su preparación (fue ordenado sacerdote el 22 de junio de 1930 y se doctoró en Derecho Canónico en el Pontificio Instituto “Angelicum” de Roma). Así, fue Maestro de Novicios y Prior del convento de Cardedeu (Barcelona) y durante 10 años (desde 1948 a 1958) fue Maestro de Novicios y estudiantes en Teruel.
Sin embargo, como ejemplo mismo de cómo se entiende el ser hijo de Dios y hermano del resto de la humanidad, tuvo a bien prestar un servicio en el que el sacrificio, la humildad y al amor al prójimo daban enjundia a su entrega.
En 1958 viajó a Guatemala, al ser destinado y conseguir el que era su sueño preferido, donde le esperaba una labor misionera con la que demostrar que lo que, en realidad, le lleva a los altares de la Esposa de Cristo, ya venía impreso en su corazón desde que fue concebido allá por el año 7 del recién estrenado siglo XX.
En aquella tierra americana, en el mismo centro de América Central, Fray Terencio María llevó a cabo multitud de actividades tendentes a promocionar socialmente a los indios, llevado de su ansia evangelizadora; a hacer, con su relación fraterna, que la Palabra de Dios se hiciera verdad y realidad y llevarla donde los necesitados mejor podían apreciarla.
Dicen, en aquellas tierras, que su fama de santidad aún pervive en los corazones de los fieles que le conocieron.
Y es que sabemos que la santidad siempre precede al santo.